Caldas da Rainha estaba muy cerca y yo tenía varias razones para querer conocerla.
Había visto fotografías del Parque D. Carlos I y, sobre todo, de aquellos enormes pabellones reflejándose en el lago. No sé si eran sus torreones, la arquitectura, la vegetación que los rodeaba o ese cierto aire decadente, pero inevitablemente me recordaban a Hogwarts y al universo de Harry Potter. Solo por verlos ya tenía ganas de acercarme hasta allí.
Y luego estaba la cerámica.
Había visto muchas veces esas fuentes portuguesas en forma de repollos, tomates, hojas, frutas y todo tipo de hortalizas que inevitablemente asociaba con Rafael Bordallo Pinheiro, y quería aprovechar la visita para buscar alguna pieza que pudiera llevarme a casa. No solamente como recuerdo de Caldas da Rainha, sino también para utilizarla después en los estilismos de las recetas del blog.
Y había una tercera razón: quería conocer su mercado.
Así que aquella mañana nos fuimos a descubrir Caldas da Rainha.
Una mañana de martes en la Praça da Fruta
Era martes y la plaza estaba llena de puestos. Frutas, verduras, flores, pan y productos de todo tipo llenaban de color el centro de la ciudad.
Nos entretuvimos bastante paseando entre ellos, mirando, haciendo fotografías y comprando alguna cosa. Entre aquellas compras cayó incluso uno de esos huevos de madera que antiguamente se utilizaban para zurcir calcetines para mi madre.
La Praça da Fruta era precisamente una de las cosas que quería conocer de Caldas da Rainha. Me encantan esos mercados en los que todavía puedes comprar fruta, verdura o el pan mientras la ciudad sigue haciendo su vida alrededor.
Y aquel martes por la mañana había tomates enormes, melocotones, uvas, melones, lechugas, coles, flores… En las fotografías de aquel día, además, hay algo imposible de obviar: las mascarillas. Era septiembre de 2020 y estábamos viajando en unas circunstancias que ahora parecen muy lejanas pero que entonces condicionaban prácticamente cualquier plan.
Después seguimos caminando tranquilamente hacia la zona termal y el Parque D. Carlos I.
No llevábamos ninguna prisa. Por el camino íbamos mirando escaparates, fijándonos en las fachadas y los azulejos y, como ya empezábamos a pensar en la comida, leyendo las cartas de los restaurantes que encontrábamos y sopesando dónde podríamos sentarnos después.
Pero nuestro verdadero objetivo aquella mañana estaba un poco más adelante.
El Parque D. Carlos I y aquel pequeño aire de Hogwarts
Llegamos al Parque D. Carlos I y Olivia hizo lo que mejor sabía hacer entonces: echar a correr.
Con tres años, aquel parque enorme, lleno de caminos, árboles y espacios verdes era prácticamente una invitación a hacerlo.
Nosotros, en cambio, teníamos la mirada puesta en los Pavilhões do Parque.
En 2020 estaban cerrados y deshabitados y, cuando los tuvimos delante, nos impresionaron incluso más que en las fotografías.
Aquel enorme edificio de finales del siglo XIX, con sus torreones y galerías, tenía ese aire de Hogwarts que me había llevado hasta Caldas da Rainha, pero también un punto decadente que le daba muchísimo encanto.
Aunque, al mismo tiempo, daba bastante pena verlo así.
Había ventanas rotas, vegetación creciendo en algunas zonas y se notaban perfectamente los años de abandono.
Rodrigo es de esas personas que ven un edificio así y lo primero que piensan es en lo que le gustaría entrar y explorarlo por dentro. Recorrer los pasillos, abrir puertas y descubrir qué queda detrás de aquellas ventanas. Evidentemente, no se podía.
Así que nos conformamos con rodearlos, observarlos desde fuera y hacer un montón de fotografías.
Los Pavilhões do Parque y la historia termal de Caldas
Caldas da Rainha está profundamente ligada al termalismo. Su propia historia se remonta a la reina Leonor de Portugal y al hospital termal fundado a finales del siglo XV para aprovechar las propiedades de sus aguas.
Mucho después, a finales del siglo XIX, Rodrigo Berquó proyectó los Pavilhões do Parque con la intención de convertirlos en el nuevo Hospital D. Carlos I y hacer de Caldas da Rainha una gran estación termal europea.
Curiosamente, los pabellones nunca llegaron a cumplir la función para la que habían sido construidos.
Durante más de un siglo tuvieron distintas vidas y llegaron a utilizarse como cuartel militar, comisaría y centro educativo. De hecho, en nuestras fotografías de 2020 todavía puede verse en una de las fachadas la antigua placa de la Escola Técnica Empresarial do Oeste.
Después quedaron vacíos.
Continuamos paseando por el parque hasta llegar al lago, desde donde se tiene probablemente una de las imágenes más bonitas de los Pavilhões, reflejándose sobre el agua y rodeados por la vegetación.
Y allí nos esperaba otra sorpresa.
Un cisne negro.
Puede parecer una tontería, pero ninguno esperábamos encontrarnos uno. Entre los patos, el pequeño puente cubierto de vegetación y el lago, aquel cisne terminó convirtiéndose en uno de esos pequeños recuerdos que, años después, todavía asociamos inmediatamente con aquella mañana en Caldas da Rainha.
Nos hicimos un montón de fotos.
El parque daba para ello y nosotros tampoco teníamos ninguna prisa. Olivia corría de un lado para otro, nosotros paseábamos alrededor del lago y los Pavilhões aparecían continuamente al fondo.
La cerámica de Caldas da Rainha
Cuando salimos del parque llegó otro de los momentos que llevaba esperando desde que habíamos decidido visitar Caldas: encontrar una de sus tiendas de cerámica.
La cerámica es una parte inseparable de la historia de Caldas da Rainha y probablemente el nombre que más ha contribuido a hacerla conocida fuera de Portugal sea el de Rafael Bordallo Pinheiro.
A finales del siglo XIX convirtió verduras, frutas, hojas, peces y animales en piezas de loza llenas de color, naturaleza y humor, creando un lenguaje que terminó convirtiéndose en uno de los grandes símbolos de la ciudad.
Yo había visto antes del viaje aquellas fuentes con forma de hojas de repollo, tomates, fresas y todo tipo de hortalizas y tenía clarísimo que quería traerme algo así de Caldas da Rainha.
Y encontré el sitio perfecto.
Era una de esas tiendas en las que cuesta saber dónde mirar primero. Las estanterías estaban llenas de platos, fuentes, jarras, gallinas, peces, frutas y verduras de cerámica.
Aquello era mi perdición.
Terminé comprando unos platos de tomate y repollo maravillosos.
No eran Bordallo Pinheiro —las piezas que compré están marcadas como Faióbidos Portugal—, pero para mí representaban exactamente lo que había ido buscando: llevarme a casa un pedacito de esa tradición cerámica tan característica de Caldas da Rainha.
Y además quería que fueran un souvenir útil.
No una de esas cosas que compras durante un viaje, guardas en un armario y no vuelves a ver. Aquellos platos se vinieron conmigo pensando ya en utilizarlos para los estilismos y fotografías de las recetas de Il Prezzemolo Tritato.
Seis años después siguen conmigo.
Y creo que esa es una de mis formas favoritas de recordar los viajes: rodearme de objetos que continúan formando parte de nuestra vida y que, cada vez que aparecen sobre la mesa, me llevan de nuevo al lugar donde los encontré.
Un último paseo por Caldas da Rainha
Con mis platos a buen recaudo seguimos paseando por la ciudad.
No teníamos una lista interminable de lugares que visitar ni pretendíamos tenerla. Aquello era simplemente una excursión de una mañana y queríamos disfrutarla como tal: caminar por sus calles, mirar fachadas y azulejos, entrar en alguna tienda y decidir sobre la marcha dónde parar.
Caldas da Rainha tiene mucho de esa arquitectura portuguesa que consigue que termines caminando con la mirada hacia arriba: fachadas cubiertas de azulejos, balcones, pequeños edificios llenos de detalles y comercios tradicionales.
También descubrimos esa otra cara mucho más divertida e irreverente de la cerámica tradicional de Caldas, con sus famosas malandrices y piezas satíricas que forman parte de la tradición cerámica de la ciudad.
Y finalmente llegó la hora de comer.
Terminamos en un sitio que recuerdo que nos gustó muchísimo, donde comimos muy bien y a un precio estupendo. Seis años después soy incapaz de recordar su nombre y, antes que inventármelo, prefiero dejarlo como uno de esos lugares que funcionaron de maravilla aquel día pero cuyo nombre se perdió por el camino.
Después de comer todavía nos quedaba nuestro pequeño ritual portugués: el café.
Paramos en una confitería tradicional portuguesa y, mientras los mayores alargábamos un poquito la sobremesa, Olivia tuvo un plan bastante mejor: terminó con un helado en una chocolatería que habíamos encontrado durante nuestro paseo.
Y ahí sí dimos por terminada nuestra visita a Caldas da Rainha.
Volvimos a Peniche, nuestra base durante aquellos días y desde donde también habíamos descubierto uno de los lugares más impresionantes de aquel viaje: las islas Berlengas. Si estáis preparando una escapada por esta zona de Portugal, no os perdáis nuestra visita a este pequeño archipiélago frente a la costa de Peniche.
Nosotros regresamos a primera hora de la tarde, con tiempo para dormir la siesta, bajar después a la playa y continuar con ese ritmo tranquilo que buscábamos en aquellas vacaciones.
Y quizá por eso recuerdo con tanto cariño aquella excursión.
Caldas da Rainha no necesitó un día entero ni una lista interminable de monumentos para sorprendernos.
Un mercado lleno de frutas y verduras, un parque enorme por el que Olivia podía correr, unos pabellones decadentes que parecían sacados de otro tiempo, un cisne negro, unos platos de tomate y repollo que todavía me recuerdan aquel viaje y una buena comida fueron suficientes.
Porque viajar no siempre significa llenar un día entero de visitas.
A veces basta con conducir un rato, descubrir un cisne negro con una niña de tres años, imaginar que un antiguo hospital podría ser Hogwarts, comprar un par de platos de tomate y repollo y regresar a tiempo para dormir la siesta y terminar el día junto al mar.
Caldas da Rainha fue exactamente eso. Una pequeña excursión dentro de un viaje que, seis años después, todavía sigue apareciendo de vez en cuando sobre mi mesa.
Caldas da Rainha en 2026: información actualizada para preparar la visita
Han pasado seis años desde aquella mañana y, aunque este artículo cuenta nuestra experiencia del 1 de septiembre de 2020, quería dejar también algunos datos actualizados para quienes estén pensando en visitar Caldas da Rainha en 2026.
La Praça da Fruta
La Praça da Fruta continúa siendo uno de los lugares que merece la pena incluir en una visita a Caldas da Rainha. Su historia se remonta al siglo XV y mantiene una de las costumbres más características de la ciudad: el mercado diario al aire libre.
Actualmente se celebra todos los días, de 7:00 a 14:00, con puestos de frutas y verduras, pan, flores, artesanía y otros productos.
Mi recomendación sigue siendo la misma: ir por la mañana y comenzar aquí el paseo antes de dirigirse hacia el Parque D. Carlos I.
¿Qué ha pasado con los Pavilhões do Parque?
Esta era una de las cosas que más curiosidad tenía por comprobar seis años después.
En agosto de 2026, los Pavilhões continúan oficialmente desactivados y su rehabilitación figura todavía como un proyecto en desarrollo dentro del programa REVIVE.
Existe un proyecto aprobado para recuperar el conjunto y transformarlo en un hotel de cinco estrellas, respetando los edificios existentes e incorporando actividades relacionadas con la cerámica de Bordallo Pinheiro, el arte, la cultura y la tradición termal de Caldas da Rainha.
Así que aquellos edificios que nosotros encontramos cerrados y con ese aire decadente en 2020 todavía están esperando su transformación definitiva.
Si vais en 2026, no contéis con visitar su interior, pero siguen siendo uno de los grandes protagonistas visuales del Parque D. Carlos I y merece la pena acercarse para contemplarlos desde el exterior.
Si os interesa la cerámica
Si la cerámica es una de las razones por las que queréis conocer Caldas da Rainha, como me ocurría a mí, tened en cuenta que el Museu da Cerâmica está actualmente cerrado por obras de rehabilitación.
El museo posee una importante colección dedicada a la producción cerámica de Caldas da Rainha, desde el siglo XVII hasta el XX, con una presencia especialmente importante de Rafael Bordallo Pinheiro.
Aunque el museo esté temporalmente cerrado, la cerámica continúa estando por todas partes en Caldas. Tiendas, talleres y escaparates permiten seguir descubriendo esa tradición y, por supuesto, siempre podéis hacer como yo y regresar a casa con un souvenir que después realmente vayáis a utilizar.
Y si vais a finales de agosto de 2026…
Hay una razón extra para acercarse.
Del 26 al 30 de agosto de 2026 se celebra en el Parque D. Carlos I la tradicional Feira dos Frutos, uno de los acontecimientos más emblemáticos de Caldas da Rainha.
Durante esos días el parque reúne productos de la región, gastronomía, artesanía, actividades infantiles y música.
Si nuestra visita hubiese coincidido con ella, probablemente aquella excursión de una mañana habría terminado convirtiéndose en un día entero.
¿Cuánto tiempo dedicar a Caldas da Rainha?
Después de nuestra experiencia, sigo pensando que una mañana es suficiente para tener una primera toma de contacto con Caldas da Rainha, especialmente si estáis alojados en Peniche o recorriendo esta zona de Portugal.
Podéis comenzar por el mercado, pasear por el centro, acercaros al conjunto termal y al Parque D. Carlos I, ver los Pavilhões, buscar alguna pieza de cerámica y terminar comiendo antes de continuar vuestro viaje.
Si queréis visitar museos, conocer con más profundidad la historia termal de la ciudad o simplemente disfrutarla sin mirar el reloj, entonces sí merece la pena reservar algo más de tiempo.
Nosotros buscábamos una pequeña excursión para una mañana.
Y seis años después, la volvería a hacer exactamente igual.
Artículo basado en nuestro viaje del 1 de septiembre de 2020 y actualizado en agosto de 2026 con información práctica para preparar la visita.


No hay comentarios